Me volví un adicto a las pesas, a mejorar mi imagen. También me volví un adicto a las calles y sus placeres mundanos. Aprendí a apostar —porque uno tiene que aprender a ganar y a perder en el juego de la vida, igual que con las mujeres—. Frecuenté clubes nocturnos. Me obligué a crear situaciones de interacción con ese ser que abducía mis pensamientos. Y perdí. Claro que perdí muchas veces. Más de las que cualquiera podría aceptar. Pude haber abandonado, pero crecer bajo la complicada constelación de Escorpio te hace más terco que nadie. Así que lo supe, siempre lo supe: un día comenzaría a ganar. Y así sucedió.