Apagué la luz
para intentar hallar al supremo en mí.
El aura se transformó en luz incesante, perenne;
solo así pude dar cese al uróboro diario,
aunque fuera por un plácido segundo sempiterno.

Por un instante soy un dios ingenuo
que, a través del espejo de sus pupilas,
logra descifrar universos enteros.
Por eso abandoné, perdí mi guerra,
para tener, por un momento, la errante paz.

En ese preciso instante soy mar en abismal calma,
profundo como el océano más denso.
Me sumerjo solo de vez en cuando y de cuando en vez;
así luzco imperturbable, pero siempre emerjo
trayendo conmigo sus infinitos secretos.